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INSOMNIOS DE IMÁGENES

por Mònica Regàs,
Paris, febrero 1991



A partir de la apasionada recuperación de la pintura que se está viviendo en Europa, ha surgido una nueva generación de artistas que ha aprovechado el reflujo de los nuevos expresionismos, de la figuración libre y de la transvanguardia para profundizar en lenguajes, temas y maneras de hacer propias.


Carles Gabarró concentra su búsqueda plástica en dos áreas que trabaja en profundidad: el sujeto temático y la experimentación con la materia.


La suya es una pintura de la intimidad para la intimidad. Una reflexión eminentemente metafísica trabajada desde lo más hondo del ser. Cualquier elemento físico que aparezca en escena nace de una vivencia o de una experiencia psíquicas. A Gabarró no le basta con las cosas vistas o con el recuerdo epidérmico de determinadas imágenes. Aquello que impulsa y espolea su creación se encuentra en una fase más profunda, en aquel estadio en el que la percepción se transforma en memoria. Por esta razón he hablado de metafísica, ya que siguiendo el método más clásico del análisis filosófico, ultrapasa los límites de los objetos físicos para transportarlos a los paisajes de la memoria.


Sin embargo, y a pesar de lo dicho, Gabarró no es un pintor de premisas intelectuales, un pintor que refleje en su obra sistemas filosóficos o ideológicos; más bien su quehacer se basa en pensar la pintura, pensar los temas de la pintura y pensar los tratamientos de la pintura.


Los temas se mueven dentro de un repertorio de elementos tan reducidos como emblemáticos: la barca, la caja, el árbol, las raíces, las torres y faros, llamas y fuegos, el casco o el bol, la cruz, y algun otro elemento derivado, que podríamos inscribir en aquello que Jung denominó los urformen, es decir, aquellas formas más antiguas y profundas, los arquetipos.


Resulta casi ineludible ensayar un análisis simbólico de dichos elementos: La barca, que se transforma en estructura y caja, nos transporta directamente a la idea de navegación y naufragio. El árbol, de tronco corto, gran copa y profundas raíces, hace referencia al árbol de la vida, a la idea de generación, crecimiento, unión entre la tierra y el cielo. Respecto a las torres y faros, tanto la simbología egipcia como la medieval los atribuyen a la idea de elevación del espíritu, al tiempo que el faro se torna fuente de luz que se expande acotando el espacio. El fuego y las llamas siempre han sido entendidos como símbolos de una energía vibrante, en continua transformación, origen de la vida y/o apocalipsis de la existencia. El casco o el bol nos remiten a la idea de cráneo invertido, de recipiente y contenedor, de autonomía de un ambiente o de un paisaje. La cruz, síntesis de lo horizontal y lo verical, eje del mundo, lucha entre fuerzas opuestas, es el símbolo de los símbolos, tanto por su universalidad como por su contundencia. Dolor, tensión y lucha.


Partiendo de estas referencias, tan reales como evidentes, en la obra de Gabarró se podría establecer una hermenéutica que tan solo se moviera en el mundo de los símbolos y que podría llegar a hacernos olvidar la pintura. Sin embargo, el uso que hace de los símbolos es netamente pictórico, eminentemente formal, razón por la que trabaja la materia con una pasión que sólo tiene el precedente del gran período informalista encabezado, en nuestro país, por Antoni Tàpies.


En esta muestra, Gabarró empasta, sobrepone, pega, raspa, interacciona colores, barnizes y disolventes... con tal de que la pintura alcance la máxima expresividad en un mundo donde el misterio de los objetos arquetípicos se convierte en escenario mágico de historias sensibles.


Creo que tan solo dos pintores contemporáneos se expresan con esta rotundidad tan profunda como introspectiva, que son capaces de transmitir a lo temático y a lo matérico su pathos existencial. Me refiero al alemán Anselm Kiefer y al italiano Nino Longobardi.


Igualmente se podría hablar de una cierta relación con las naturalezas muertas y bodegones del barroco español, en donde la densidad de la pintura, el tratamiento del claroscuro y la luz que dibuja los objetos, crean una atmósfera cercana al quehacer de Gabarró.


'Pintura-pintura', memoria simbólica, misterio, melancolía, introspección, fragmentación de mundos... configuran el universo plástico de Carles Gabarró, de inconfundible sello personal.