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GABARRÓ vs PFAFF

por Mercè Vila
Barcelona, octubre 2013


Piramidón presenta una muestra que pretende ser una yuxtaposición y, al mismo tiempo, un diálogo entre dos discursos pictóricos inicialmente polarizados. Carles Gabarró (1956) y Guillermo Pfaff (1976), artistas plásticos barceloneses, comparten por primera vez un espacio expositivo aunque, desde hace más de dos años, solo les separan dos plantas de un mismo edificio.


Tachados de antagónicos, a estos dos artistas, se les ofrece un espacio virgen que se divide geométricamente en dos partes iguales. Conscientes de los metros cuadrados de que disponen, trabajan de manera independiente preparando una muestra individual que, pocas horas antes de la inauguración, se encontrará cara a cara con su supuesta antónima.


Gabarró trabaja con una paleta tonal dominada por tierras, ocres, sienas naturales, tierras sombras, grises y negros, colores extraídos de la misma tierra para volverla a representar. Es una tierra carnosa y voluptuosa que acoge dentro de sus entrañas unas construcciones geométricas, repetitivas y un punto obsesivas que nos remiten a las fábricas o a las cárceles. Pfaff, esta vez, presenta una paleta fluorescente, sintética e inorgánica, más propia de las luces de neón que de la propia pintura al óleo.


La carnosidad pictórica de Gabarró está directamente relacionada con la opacidad de sus obras. Se trata de una opacidad impenetrable, densa y pastosa que ocupa el espacio pictórico con una intensidad tan preciosa como angustiante. Pfaff esquiva el horror vacui hasta el punto de mostrar la tela virgen, sin ningún tipo de intervención. Otorgándole el máximo protagonismo a la tela de lino, sitúa su práctica pictórica en la zona más marginada, el bastidor, que, como Atlas en la mitología griega, está condenado a sostener la obra encima de sus hombros. Aquí, el bastidor se aprovecha de la transparencia de la tela para ganar un protagonismo que le ha sido vetado durante la mayor parte de la historia.


La producción de Gabarró nace de manera instintiva e incansable. Responde a la necesidad de representar unos impulsos irrefrenables que se traducen en visiones, silenciosas muchas veces, que esconden gritos sordos atrapados entre las obras. Contrariamente, la producción de Pfaff únicamente existe con una finalidad concreta. Los proyectos se guardan en el disco duro de un ordenador gris y solo toman forma cuando se program una exposición, nunca antes.


El resultado: un espacio, un diálogo, dos artistas y una misma profesión.