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JARDINS

por Daniel Giralt-Miracle,
Barcelona, octubre 1993



Carles Gabarró sigue adentrándose en 'la forêt inconnue' en la que penetró en 1990. Pictóricamente sigue en aquel laberintico boscaje, a pesar de que los temas, la factura y el color han experimentado cambios notables. La suya es una continuidad que se aleja de la monotonía y elude la reiteración.


La ruta errática de la embarcación que navega por el mar ('Creuset', 1989) se transforma ahora en una búsqueda meta-física de los símbolos, de los mitos, de todo cuanto tiene que ver con la sobrevivencia del ser humano. Gabarró no puede ni quiere renumeiar a la dimensión intimista e introspectiva de su pintura. Forma y fondo son profundamente existenciales, pasados por el filtro de la visión, la reflexión y el sentimiento, sin caer en la descripción, pero potenciando las sensaciones.


Aunque las anteriores referencias al naufragio, a los yelmos, a los cráneos y a las cajas no han desaparecido, en estos momentos la idea dominante es la del territorio boscoso, atravesado por árboles, rocas, ríos, que articulan un paisaje pictórico. El bosque-metáfora como territorio denso, compacto, saturado de vivencias y de experiencias.


Un reciente viaje a Munich le puso en contacto con un antiguo cementerio urbano, que se ha convertido en motivo de reflexión plástica. La superficie de la tierra cubierta de césped, los caminos obstruidos por frondosos árboles, las estelas funerarias grabadas con signos y símbolos arcaicos han propiciado un territorio por el que hace discurrir su pintura.


En su obra actual descubrimos una cierta dramatización wagneriana que interrelaciona sutilmente mitología, alquimia, territorio y pensamiento, sin alejarse de la idea remota de la muerte. Gabarró sigue teniendo aquella necesidad de utilizar la pintura, que por otro lado alcanza una mayor autonomía, como un lenguaje independiente, capaz de transmitir unas sensaciones que sobrepasan la fuerza argumental de los signos.

Sobre la textura del lino crudo, busca una deliberada voluptuosidad de la materia, que acentúe el contraste entre lo cultivado y lo silvestre, entre la parte de la naturaleza que se encuentra en su estado primitivo y la parte que ha sufrido la intervención del hombre. Subraya la carga pictórica de estas obras con el tratamiento del color, con sus marrones, verdes y azules, contrapuntados por la grisácea sordidez de la plancha de plomo.


Gabarró reconstruye formas hasta transformarlas en símbolos de una idea o de un pensamiento. Con la libertad Pollock, la densidad de Tapies y el drama de Kiefer, elabora una y otra vez unos arquetipos que se convierten en constantes formales de esta nueva serie realizada entre los años 1992 y 1993.


Las obras que ahora presenta deben valorarse más allá del aparente argumento inteligible (tronco, ventana, crisálida, neurona, río, montaña, ola o nube) para atender básicamente a los componentes pictóricos. El espectador ha de encontrarse en las formas, más que reconocerlas o identificarlas, ya que el pintor se convierte en un formalizador de las inalcanzables intuiciones del hombre. Es en este territorio de los intangibles donde Gabarró lucha con la materia, la amasa, la conforma, la densifica, la carga de fuerza emocional, rompe con todos los esquemas de la tradición pictórica latentes en su pintura para hacernos penetrar en el bosque de su pensamiento o en el jardín de nuestras melancolías.