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POLIEDROS Y RETÍCULAS

por Àlex Mitrani
Barcelona, noviembre 2005



"L'œuvre d'art, au même titre d'ailleurs que tel fragment de la vie humaine considérée dans sa signification la plus grave, me paraît dénuée de valeur si elle ne présente pas la dureté, la rigidité, la regularité, le lustre sur toute ses faces extérieures, intérieures, du cristal." André Breton, L'amour fou (1). Breton retoma el concepto de cristalización de Stendhal, quien lo aplicaba al perfeccionamiento idealizador propio del amor, extendiéndolo a la definición de la creación artística entendida como intensidad creativa y vital. El ideólogo del surrealismo no se refería al refinamiento formal estático y a la fácil seducción que podríamos asociar con los trabajos decorativos y suntuosos en cristal. Evocaba, en cambio, un proceso natural y espontáneo de mineralización plástica y metafórica que conduce a una perfección tan azarosa como necesaria, poseedora de la obvia, extraña y fascinante evidencia de la belleza. Para Breton la belleza, al igual que el enamoramiento, posee una lógica interna que responde a un impulso profundo y purificador que, paradójicamente y desde el exterior, puede parecer, incoherente obsceno, provocador, en la mesura que se opone a la pobreza rutinaria de objetos y razones de orden social. En una época de desengaños y cinismos acomodaticios, el arte detenta aún esta potencialidad. Mejor todavía: el arte puede funcionar como la iluminación cognitiva, no forzosamente racional o mística, del amor o de la comprensión poética y fuerte de nuestra existencia a través de la manifestación de la belleza.


Las últimas dos series pictóricas de Carles Gabarró, poliedros y retículas, son rotundas y brillantes, aunque utilice una paleta tonal y austera, que inducen a su muda contemplación. Solo superficialmente estas dos series pueden parecer incoherentes: se unen, entre otros motivos, por la misma tensión plástica y su concepción fundamentalmente abstracta. Encontramos una inventiva plástica que brota de una profunda intimidad con el medio pictórico. De hecho, el pintor actúa como un médium: a través de él se manifiesta la pintura. Pero no con la banal gestualidad gritona de la falsa retórica de la espontaneidad, sino respondiendo a un esfuerzo consciente de construcción estética. Podríamos llamar a estas series cristalizaciones i tramas. Ambas participan de algo esencialmente mental. Recordemos a Schiller con su teoría del arte y el juego libre de las facultades mentales: encontramos en ellas placer y satisfacción intelectual. Esta tensión está resuelta de manera personal y coherente. Podríamos encontrar algún paralelismo parcial con ciertos aspectos de la pintura reflexiva de Juan Uslé, o con la poética de Terry Winters o de Sean Scully.


Las pinturas realizadas por Gabarró entre los años 2002 y 2004 muestran unas formaciones geometrizantes complejas y abigarradas, a base de retazos lineales, que aparecen fragmentadas y concatenadas en múltiples superposiciones. De la confusión de líneas surge una forma que se sostiene en el espacio pictórico como un objeto ideal que evoca el poliedro o el diamante. Aquí, lo excepcional es de que modo se combina la elocuencia pasional del gesto con la idealización enigmática de los poliedros mostrados como emblemas de una construcción mental. Estas pinturas parecen recorridas por una tensión energética que al solidificarse toma la consistencia del mineral, pero que en otros momentos tiene la leve y punzante presencia de una crepitación eléctrica. Son obras vigorosas en la que parece haber tomado forma emblemática la pulsión gráfica como movimiento primero del arte.


En el 2005 el artista cambia de registro de manera casi abrupta. No lo hace por capricho, sino porque en su lógica serial entiende que ha agotado una vía de exploración formal, y forzosamente ha de dirigirse hacia la búsqueda de nuevas soluciones antes de caer en el amaneramiento. Así pues aparecen las tramas, las redes, las retículas. Se trata de una tipología característica de la modernidad que posee una importante tradición. Rosalind Krauss las definió y analizó como retículas. La retícula "proyecta la superficie de la pintura en si misma" y al tiempo incluye una dimensión mítica, junto con la dimensión simbólica que remite a la expresión de los paradigmas psicológicos no verbalizables. La encontramos en la abstracción geométrica de las primeras vanguardias pero, sobre todo en el minimalismo y con los postulados de la pura visualidad y de la concentración analítica del propio medio pictórico y de su lenguaje específico. Según Krauss: "la retícula anuncia, entre otras cosas, la voluntad de silencio en el arte contemporáneo, y su hostilidad al respecto de la literatura, de la narración y del discurso". No obstante, las tramas o retículas de Gabarró tienen características nuevas y diferenciadas. En primer lugar hay que distinguirlas de otras experiencias. No son circuitos, como los diagramas paródicos de Peter Halley. No son estructuras de repetición sobre las que sistematizar las variaciones de manera fríamente analítica, como ocurre con el minimalismo y sus derivaciones. En segundo lugar, y a diferencia de la tendencia definida por Krauss, hallamos unas leves evocaciones figurativas: fachadas de la arquitectura contemporánea, estructuras en la construcción de los edificios o de los micro-componentes de alta tecnología. Finalmente, lo más destacable es que la retícula o la trama, aún fundamentándose en la distribución regular y equilibrada -tectónica- del espacio, no es meramente estática, sino que, y en esto nos recuerda las cristalizaciones, es dinámica. Es por ello que, si bien las podemos definir de manera mas clara como tramas, propondría hablar de trayectos. Las barras/líneas ya aparecían en su obra: en la serie Jardins o en la serie Magma, por ejemplo. Sucede ahora que al componerlas según el modelo de cuadrícula como cruce de trayectos, se nos evidencian las cualidades pictóricas de la línea: no ha sido tratada como dibujo sino como pintura, como materia cromática.


Con estas obras, y siguiendo las trayectorias creadas, penetramos una geografía pictórica, en la ductilidad matérica de la pintura que extrañamente se combina con el efecto visual (los intangibles espacios que el ojo crea frente ciertos estímulos y contrastes). La línea es tallo y proyección de color. Con la disciplina compositiva de la cuadricula, Gabarró realiza un control de la retórica emotiva del color, pero sin limitarse al trabajo analítico y conservando la sensualidad. Hay placer y tensión: una red que liga líneas en movimiento sobre un fondo uniforme o compuesto por bloques de color de los que surgen vacíos y planos, una dialéctica entre el fondo gestual y la trama de una pincelada solidificada que está a punto de devenir objeto, pero siendo aún pintura. Se combinan la textura dúctil del óleo, de cierto grueso, con la tensión geométrica de la línea. La ilusión del espacio se genera por superposición de mallas en decalaje. Generalmente, se trata de tres retículas: la tríada lleva a la complejidad y la asimetría, al movimiento constructivo por desplazamientos. El resultado, pues, no es coercitivo, no es cerrado sino abierto y estimulante. Evoca el proceso, la fluida y sensual lógica de la pintura como invitación a la especulación formal. Entre el diagrama mental y la estructura biológica, la composición lineal pone de relieve su carácter pictórico y autónomo. Induce a un distanciamiento que permite prolongar la tensión contemplativa. La gama cromática es fría, con verdes y azules como bronces patinados y algún reflejo metálico, apagado en sordina, que a veces nos recuerda al manierismo italiano.


Es una obra intensamente vinculada con los mecanismos y construcciones visuales de nuestro mundo, como los procesos y movimientos inducidos por el programático informático. Hay una relación ineludible con los paradigmas gráficos de la contemporaneidad: la malla, la ciudad, la generación por contigüidad, asociación y división, los órdenes dúctiles. Responde, pues, a la red como modelo contemporáneo. Pero también podemos oír un eco de las Carceri de Piranesi, de laberintos mentales y anacrónicos. En cualquier caso, la obra de Gabarró es paradigmática en lo tocante a la demostración de la idoneidad del medio gráfico y pictórico para la especulación visual, ligada tanto al rigor como al capricho, tanto a la reflexión como al placer sensitivo. Podemos hablar, en su caso, de hedonismo complejo. En esto, Gabarró enlaza con el actual –y enésimo– resurgir de la pintura como protagonista en el ámbito del arte contemporáneo.


Estamos ante una pintura irreductible y bella, intelectual y sensorial. Evidente y densa, plantea constantes interrogantes por su movilidad, su complejidad cristalina. Es escritura, gesto, objeto e imagen. No se puede contener en el texto y escapa a la descripción, pero nos proyecta hacia la especulación y la reflexión. El suyo es un ámbito estrictamente pictórico, que no la limita sino que le otorga las potencialidades del conocimiento por la visión. Gabarró nos ofrece una experiencia valiosa, cualitativamente definida y diferenciada. Me lo dijo explícitamente en una ocasión: "Yo pinto con la mirada".


(1) "la obra de arte, al igual que tal fragmento de la vida humana considerada en su significación más grave, me parece desnuda de todo valor si no presenta la dureza, la regularidad, la brillantez sobre todas las facetas exteriores e interiores del cristal", André Breton, L'amour fou, 1937.